Es muy grave ser denunciado por agresión sexual. Aunque, a diferencia de las compañeras del acusado, la mayoría de nosotros seguimos creyendo en la presunción de inocencia. Hermana, yo ni te creo ni te dejo de creer. Y si hay delito, que venga un juez y lo vea, empleando la misma ley que él contribuyó a crear. Las demás acusaciones, anónimas y virtuales, podrían ser suficientes para sospechar que es un gañán pero no para un linchamiento en redes y una perpetua condena social…si no fuera por haber presumido tanto de aliade. Si una hija adolescente llega a casa con un novio que dice ser un apasionado feminista, comprendería que el padre valorara todas las opciones posibles para hacerlo desaparecer, porque lo más probable es que sea el más perverso de los hombres.
En realidad, lo que dicen esas acusaciones era previsible: si alguien es arrogante y despreciativo en lo público y se le aplaude, no es raro que lo lleve a lo privado, y otras le acusan de hacerles lo mismo que hacía con los buenas causas, decirles que las amaba y en realidad utilizarlas para masturbarse. Lo sorprendente es que en el mágico sistema de Sumar de detección del precrimen machista no sonaran las alarmas.
Pero aparte de todo hay algo muy importante que ha dicho en su despedida: la completa separación entre personaje y persona. Cierto es que él argumenta, de manera meliflua, que su yo bondadoso, defensor de causas justas, ha sido corrompido por la tensión de la lucha contra el capitalismo, el veneno de un poder que no pertenece al pueblo y la llamada salvaje y atávica del patriarcado. Pero separando del discurso la cobarde elusión de responsabilidad y quedándonos con el literal de la frase, obtenemos un mensaje muy real: que el Errejón político era un completo engaño.
Por desgracia, la falsedad desvergonzada, marca la mayoría de la política: individuos que defienden ideas en las que no creen, incluso sabiendo que son mentiras colosales, sin importarles en absoluto las consecuencias que puedan tener para otros, sólo su propio provecho. Es evidente que la mentira en política es ambidiestra y carente de género. Pero la mentira en el presunto progresismo resulta más insoportable (digo progresismo y no izquierda, porque no hay verdadera izquierda en España). Lo es porque va unida a presumir de superioridad moral, a criticar que aquellos que no los apoyamos o los cuestionamos somos seres salvajes e insensibles, incapaces de sentir tristeza porque maten a niños en guerras, y prestos a celebrar que alguien muera ahogado al hundirse una patera. Y tenemos que aguantar eso sabiendo que son una farsa, sabiéndolo mucho antes que lo demostrara y lo reconociera Errejón. Tendríamos que aceptar una superioridad moral a un verdadera izquierda que de verdad trabajara y luchara por ayudar a otros, débiles y maltratados, por lo que sufre y se preocupa, pero nunca a estos que utilizan las causas para crear un falso relato que les beneficie y que además son tan torpes, que muchas veces, en vez de ayudar, agravan los problemas.
Errejón ha caído definitivamente, sólo puede descender más y más. Él, que se apresuraba a condenar a la hoguera a cualquiera que fuera acusado, aún sin pruebas y sin fundamento, de actuar como un hombre del siglo pasado, se ha desprovisto de cualquier posibilidad de defensa.