lunes, 13 de octubre de 2014

Epidemias

El ébola es una tragedia. Pero al menos en este país, hay epidemias mucho más peligrosas: la estupidez, la mentira, la desvergüenza, la corrupción, la falta de respeto y consideración hacia los demás, especialmente a los que no piensan como nosotros…epidemias todas ellas muy extendidas pero que afectan especialmente a quienes nos gobiernan, y a quienes disponen del poder económico.  
“¿Deberíamos dejar morir como perros a los misioneros allí?” Ese ha sido la pregunta, pretendidamente retórica y formulada con un tono de reproche, casi insulto, que he oído utilizar como argumento más virulento para justificar la decisión de traerlos aquí.
Pero para mí la respuesta, brutal, es que sí. Sí, si la decisión, dadas las circunstancias, analizando las posibilidades y los riesgos hubiera sido tomada de manera racional. Sí, si no era posible asegurar que todo se realizaría de la mejor manera posible.  Y sí si se consideraba que no había capacidad para realizar el seguimiento posterior a quienes se ponían en situación de riesgo.
Puedo imaginar perfectamente cómo se gestó todo. Al presidente se le ocurriría una idea, o aún más probable, uno de sus muchos asesores se la sugeriría. Una idea que sería buena para la imagen del gobierno, que mostraría que se preocupa de los suyos y que España es un país moderno que puede manejar cualquier asunto. El presidente se lo transmite a su ministra, y la decisión sigue una cadena, de entre 5 a 10 cargos políticos que lo único que dicen a quién se lo ordena, es “claro lo haremos”. Después de esa larga cadena, la orden llega a los funcionarios técnicos que tienen que llevarla a cabo. Estos por supuesto habrán dicho: “¿Pero cómo? No hay hospital en condiciones de atender a ese tipo de enfermos, ni personal preparado. No disponemos de equipo adecuado. Y además es casi imposible que ningún tratamiento actual les ayude” A lo que el cargo político habrá respondido algo cuyo mensaje final es “¿qué parte de hay que hacerlo no has entendido? Mañana llegan”.
Así que se hace como se puede, en un hospital desmantelado cuando se pensó que el déficit era más importante que la salud, con el personal a quien le toca, con un procedimiento ya olvidado por antiguo o que alguien elaboró a todo prisa, y sin que los políticos se preocuparan más de que salir ante la prensa diciendo que todo funcionaba maravillosamente y no había riesgo ninguno.
Pero algunos me dirán que las decisiones no se deben tomar sólo con la razón. Estoy de acuerdo en que a veces las emociones son mucho más importantes. Pero creo que si uno quiere actuar con sensibilidad debe hacerlo de verdad y no ampararse en emociones para elegir aquello más conforme a su forma de pensar. Si era una cuestión exclusivamente ética traer a los misioneros a España, ¿Por qué el problema se reduce a los misioneros? Que yo sepa la ética no tiene fronteras, ¿moralmente no podemos tolerar que mueran dos españoles así pero si cientos, miles de africanos? No acabo de entenderlo. ¿No sería mejor dedicar recursos a atacar el virus allí donde se ha instalado?
Dos españoles a los que por otra parte se les debe recordar siempre con admiración por su valentía y compromiso, y no con la falta consideración con la que hablan de ellos algunos, que ahora, como yo, consideran equivocada la decisión de traerlos.
Por otra parte, estaría muy bien que los gobernantes tuvieran sensibilidad, pero su sensibilidad no debe ir orientada a tratar de beneficiar a cada uno si no a lograr lo mejor para el bien común. (Aunque lo único común que tienen nuestros gobernantes es buscas su exclusivo bien). Si un gobernante tratando de salvar (si es que alguien creía de verdad que se podía) salvar la vida de uno de sus gobernados, arriesga la vida de otros muchos ¿se le puede considerar sensible con el enfermo o insensible con los posibles afectados de su decisión? Y si el gobernante creía que no había riesgo porque no se preocupó de saber cuáles eran las condiciones, es un irresponsable penalmente condenable.
Sí había riesgo, se ha demostrado, pero el político no está dispuesto a reconocer su error. La culpa tiene que ser de otro. Para ellos si algo no funciona en el sector público tiene que ser por los trabajadores. No es que cada vez sean menos, no es que cada vez dispongan de menos medios, no es por las regulaciones absurdas, o las medidas internas caprichosas y contradictorias, es que los trabajadores son negligentes. Y así, en este caso, el Consejero de Sanidad de Madrid acusa a la propia enfermera afectada: no cumplió el procedimiento, ocultó información. Sí, sin duda, ella cometió errores, pero hay que ser o muy idiota o muy hijode…, o ambas cosas a la vez para echarla a ella la culpa, para no ser consciente o negar sabiendo, que él y los que tiene por encima son los responsables.
Y ahora los políticos, no sólo se exculpan sino que van de salvadores que reparan los pecados ajenos, tomando decisiones drásticas como matar animales. Quizá es que son amantes de los refranes, como el de muerto el perro se acabó la rabia, y han pensado que también sería aplicable a otras enfermedades.
Aunque sólo fuera porque soy un seguidor de Arturo de toda la vida, siento lástima por Excalibur. Estoy convencido de que aquí nadie tomó una decisión, es decir, que nadie se planteó seriamente cuales eran las alternativas y las posibles consecuencias. Simplemente lo que implicaba menos trabajo.
Excalibur era inocente, cómo todo animal lo es, y da pena. Pero a pesar de ello si yo hubiera sido quien tenía que decir que hacer con el perro, y hablando con expertos me hubiera quedado la duda de si al analizarle o al dejarle libre existiría una mínima posibilidad de contagio a humanos, lo más probable es que hubiera decidido sacrificarlo.
El sacrificio preventivo provocó la mayor reacción popular a la crisis por el momento. Y como reacción impulsiva y multitudinaria hay algo hermoso y también muchos aspectos feos. Creo que en mucha gente había un deseo legítimo de lucha contra un uso abusivo de aquellos que de verdad son dañinos. Las redes sociales permiten que muchos pueden hacer escuchar su voz sin necesidad de que ningún medio de comunicación les respalde. Pero tienen la desventaja de que cualquier movimiento bienintencionado arrastra a personas que no han experimentado en su interior ese impulso, porque no sienten aquello que lo provoca ni creen en aquello que defiende. Gente que mientras navegan con rapidez y monotonía entre masacres y vídeos de bebes,  pulsan un me gusta que les hace sentirse mejores personas, y crecidos por la sensación de formar parte de un grupo tan cuantioso emiten opiniones nada meditadas, excesivas, vulgares, estúpidas. Y así opiniones que expresan el valor de la vida, se ven ensuciadas por comentarios que desean la muerte dolorosa de todos los dirigentes del PP, o frivolizadas por expresiones de espiritualidad de bajo coste.
Quienes se unen a una causa sin autenticidad ni compromiso, quienes pretender sentir emociones que no conocen, y tratan de esconder su vacío bajo una finísima capa de profundos principios son más un lastre que un apoyo. Y así un movimiento que parece por un momento tan poderoso se muestra al final virtual, ficticio, y fracasa. Cómo otras revoluciones en los últimos años tan festivas como frágiles, efímeras, inútiles.

Son curiosas esas otras epidemias, que a los poderosos que las padecen  apenas les causan daños, y sin embargo provocan que suframos los demás. No sé cómo a ellos podremos curarles para que dejen de perjudicarnos. Pero sí que a los demás nos corresponde trata de evitar contagiarnos, porque si todos caemos en los mismos males ya sí que no habrá remedio posible.