El ébola es una tragedia. Pero al menos en este país, hay epidemias mucho más peligrosas: la estupidez, la mentira, la desvergüenza,
la corrupción, la falta de respeto y consideración hacia los demás,
especialmente a los que no piensan como nosotros…epidemias todas ellas muy
extendidas pero que afectan especialmente a quienes nos gobiernan, y a quienes
disponen del poder económico.
“¿Deberíamos dejar morir como perros a los misioneros allí?”
Ese ha sido la pregunta, pretendidamente retórica y formulada con un tono de
reproche, casi insulto, que he oído utilizar como argumento más virulento para
justificar la decisión de traerlos aquí.
Pero para mí la respuesta, brutal, es que sí. Sí, si la
decisión, dadas las circunstancias, analizando las posibilidades y los riesgos
hubiera sido tomada de manera racional. Sí, si no era posible asegurar que todo
se realizaría de la mejor manera posible.
Y sí si se consideraba que no había capacidad para realizar el
seguimiento posterior a quienes se ponían en situación de riesgo.
Puedo imaginar perfectamente cómo se gestó todo. Al
presidente se le ocurriría una idea, o aún más probable, uno de sus muchos
asesores se la sugeriría. Una idea que sería buena para la imagen del gobierno,
que mostraría que se preocupa de los suyos y que España es un país moderno que
puede manejar cualquier asunto. El presidente se lo transmite a su ministra, y
la decisión sigue una cadena, de entre 5 a 10 cargos políticos que lo único que
dicen a quién se lo ordena, es “claro lo haremos”. Después de esa larga cadena,
la orden llega a los funcionarios técnicos que tienen que llevarla a cabo.
Estos por supuesto habrán dicho: “¿Pero cómo? No hay hospital en condiciones de
atender a ese tipo de enfermos, ni personal preparado. No disponemos de equipo
adecuado. Y además es casi imposible que ningún tratamiento actual les ayude” A
lo que el cargo político habrá respondido algo cuyo mensaje final es “¿qué
parte de hay que hacerlo no has entendido? Mañana llegan”.
Así que se hace como se puede, en un hospital desmantelado
cuando se pensó que el déficit era más importante que la salud, con el personal
a quien le toca, con un procedimiento ya olvidado por antiguo o que alguien
elaboró a todo prisa, y sin que los políticos se preocuparan más de que salir
ante la prensa diciendo que todo funcionaba maravillosamente y no había riesgo
ninguno.
Pero algunos me dirán que las decisiones no se deben tomar
sólo con la razón. Estoy de acuerdo en que a veces las emociones son mucho más
importantes. Pero creo que si uno quiere actuar con sensibilidad debe hacerlo
de verdad y no ampararse en emociones para elegir aquello más conforme a su
forma de pensar. Si era una cuestión exclusivamente ética traer a los
misioneros a España, ¿Por qué el problema se reduce a los misioneros? Que yo
sepa la ética no tiene fronteras, ¿moralmente no podemos tolerar que mueran dos
españoles así pero si cientos, miles de africanos? No acabo de entenderlo. ¿No
sería mejor dedicar recursos a atacar el virus allí donde se ha instalado?
Dos españoles a los que por otra parte se les debe recordar siempre
con admiración por su valentía y compromiso, y no con la falta consideración
con la que hablan de ellos algunos, que ahora, como yo, consideran equivocada
la decisión de traerlos.
Por otra parte, estaría muy bien que los gobernantes tuvieran
sensibilidad, pero su sensibilidad no debe ir orientada a tratar de beneficiar
a cada uno si no a lograr lo mejor para el bien común. (Aunque lo único común
que tienen nuestros gobernantes es buscas su exclusivo bien). Si un gobernante
tratando de salvar (si es que alguien creía de verdad que se podía) salvar la
vida de uno de sus gobernados, arriesga la vida de otros muchos ¿se le puede
considerar sensible con el enfermo o insensible con los posibles afectados de
su decisión? Y si el gobernante creía que no había riesgo porque no se preocupó
de saber cuáles eran las condiciones, es un irresponsable penalmente
condenable.
Sí había riesgo, se ha demostrado, pero el político no está
dispuesto a reconocer su error. La culpa tiene que ser de otro. Para ellos si
algo no funciona en el sector público tiene que ser por los trabajadores. No es
que cada vez sean menos, no es que cada vez dispongan de menos medios, no es
por las regulaciones absurdas, o las medidas internas caprichosas y
contradictorias, es que los trabajadores son negligentes. Y así, en este caso,
el Consejero de Sanidad de Madrid acusa a la propia enfermera afectada: no
cumplió el procedimiento, ocultó información. Sí, sin duda, ella cometió errores,
pero hay que ser o muy idiota o muy hijode…, o ambas cosas a la vez para
echarla a ella la culpa, para no ser consciente o negar sabiendo, que él y los
que tiene por encima son los responsables.
Y ahora los políticos, no sólo se exculpan sino que van de
salvadores que reparan los pecados ajenos, tomando decisiones drásticas como matar
animales. Quizá es que son amantes de los refranes, como el de muerto el perro
se acabó la rabia, y han pensado que también sería aplicable a otras
enfermedades.
Aunque sólo fuera porque soy un seguidor de Arturo de toda
la vida, siento lástima por Excalibur. Estoy convencido de que aquí nadie tomó
una decisión, es decir, que nadie se planteó seriamente cuales eran las
alternativas y las posibles consecuencias. Simplemente lo que implicaba menos
trabajo.
Excalibur era inocente, cómo todo animal lo es, y da pena.
Pero a pesar de ello si yo hubiera sido quien tenía que decir que hacer con el
perro, y hablando con expertos me hubiera quedado la duda de si al analizarle o
al dejarle libre existiría una mínima posibilidad de contagio a humanos, lo más
probable es que hubiera decidido sacrificarlo.
El sacrificio preventivo provocó la mayor reacción popular a
la crisis por el momento. Y como reacción impulsiva y multitudinaria hay algo
hermoso y también muchos aspectos feos. Creo que en mucha gente había un deseo
legítimo de lucha contra un uso abusivo de aquellos que de verdad son dañinos.
Las redes sociales permiten que muchos pueden hacer escuchar su voz sin
necesidad de que ningún medio de comunicación les respalde. Pero tienen la
desventaja de que cualquier movimiento bienintencionado arrastra a personas que
no han experimentado en su interior ese impulso, porque no sienten aquello que
lo provoca ni creen en aquello que defiende. Gente que mientras navegan con
rapidez y monotonía entre masacres y vídeos de bebes, pulsan un me gusta que les hace sentirse
mejores personas, y crecidos por la sensación de formar parte de un grupo tan
cuantioso emiten opiniones nada meditadas, excesivas, vulgares, estúpidas. Y
así opiniones que expresan el valor de la vida, se ven ensuciadas por comentarios
que desean la muerte dolorosa de todos los dirigentes del PP, o frivolizadas
por expresiones de espiritualidad de bajo coste.
Quienes se unen a una causa sin autenticidad ni compromiso,
quienes pretender sentir emociones que no conocen, y tratan de esconder su
vacío bajo una finísima capa de profundos principios son más un lastre que un
apoyo. Y así un movimiento que parece por un momento tan poderoso se muestra al
final virtual, ficticio, y fracasa. Cómo otras revoluciones en los últimos años
tan festivas como frágiles, efímeras, inútiles.
Son curiosas esas otras epidemias, que a los poderosos que
las padecen apenas les causan daños, y
sin embargo provocan que suframos los demás. No sé cómo a ellos podremos
curarles para que dejen de perjudicarnos. Pero sí que a los demás nos
corresponde trata de evitar contagiarnos, porque si todos caemos en los mismos
males ya sí que no habrá remedio posible.
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