SÍMBOLOS REALES
Cuando era muy joven, y era más idealista de lo que soy
ahora, leí muchos libros del rey Arturo. Historias que hablaban de la
aspiración de lograr un mundo mejor, más justo, del deseo de que prevalecieran
los sentimientos más nobles y hermosos. Historias que contaban que por un breve
y brillante momento se consiguió lo que pretendía. Camelot ese reino
maravilloso. Solo un instante porque los personajes de esas historias eran
humanos, ficticios pero humanos, y ya se sabe que los humanos al final lo
estropeamos todo, aunque muchas veces lo volvemos a arreglar…a veces es
demasiado tarde cuando lo intentamos.
El mítico rey Arturo era para mí el líder perfecto. Aquel
que yo seguiría luchando por tan noble ideal. Por eso quizá me siga quedando
cierto aprecio hacia la monarquía.
El flamante rey de España no tiene poder para organizar su reino a su antojo, ni siquiera puede vivir su vida libremente, en público
no es dueño de sus actos ni de sus palabras. Por eso me parece tonto o
malintencionado que alguien diga que desearía que en este país no hubiera súbditos. No los hay.
No al menos súbditos de un rey, sí quizás de otros poderosos pero esa es otra
historia.
No tiene poder ejecutivo, legislativo ni administrativo, pero sí tiene poder simbólico, como encarnación de la corona. Y con ese poder puede generar efectos positivos o negativos.
La corona, un símbolo quizá ya no muy poderoso porque lo es de España,
que es un nombre que ya no emociona, y que incluso parece que hay que decir en
voz baja, para que se note el ánimo de no molestar. Y sí parece que emocionan
otras nacionalidades un poco históricas, un poco ficticias, más próximas, más homogéneas
(al menos en idioma y nivel de riqueza) y menos desgastadas.
También ha perdido brillo como símbolo por los actos del
hasta ahora dueño de la corona y de sus familiares de sangre y por afinidad.
Sería ideal que apenas se supiera nada de la persona detrás del rey ni de la
vida privada de sus cercanos, pero porque nada hubiera que contar no porque
fuera tapado. Sí, los actos de los humanos puede ensuciar los símbolos, pero
estos tienen capacidad de limpiarse por completo cuando otro humano los posee y
los cuida bien. Y también los otros podemos hacer algo porque permanezca
reluciente; ya que nadie puede estar a la altura del mito, separemos nuestra
visión del Rey como el legítimo señor de la corona, del humano de naturaleza
inevitablemente débil y corruptible que temporalmente debe ejercer el papel de
monarca. Es decir, que se puedan decir barbaridades de Felipe, y al instante
dar sentidas y sinceras salves al Rey.
Es nuestro representante. Es verdad que no es un
representante elegido, pero, no nos engañemos, ningún representante que
resultará de una votación, aunque ganara por una gran mayoría, entusiasmaría a muchos mucho tiempo. Que el
monarca venga dado por nacimiento y no sea un candidato con obras y
pensamientos que gustan a unos sí y a otros no, debería ser una de las ventajas de
la monarquía. ¿A éste le ha tocado? Pues ya está, éste. Nos olvidamos de
juicios y decisiones. Viva el Rey, simplemente porque lo es.
Puedo entender, claro, que alguien no se sienta representado
por un rey. Puedo comprender aún mejor que no se sientan representados por
nuestros gobernantes ni por su principal, aunque sean elegidos
democráticamente. Ni tampoco por la principal oposición. La verdad es que, dado
cómo se comportan unos y otros, cuesta mucho estar de su parte. Vale, yo
tampoco me siento representado por ellos.
Pero cuando uno no se siente representado, no puede dar por
hecho que a todo el mundo le pasa igual y no puede pensar que él sí representa
a la voz mayoritaria del pueblo. Para todos sería bueno, antes de quejarnos con
todo derecho de políticos e instituciones, pensar si los uno mismo se siente
representando por lo que hace y dice. Sí ejerce un buen gobierno de sí mismo.
Creo que si todos pretendiéramos ser un rey mítico, aunque fuera de un país
unipersonal, Camelot estaría más cerca.
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