jueves, 19 de junio de 2014

SÍMBOLOS REALES

Cuando era muy joven, y era más idealista de lo que soy ahora, leí muchos libros del rey Arturo. Historias que hablaban de la aspiración de lograr un mundo mejor, más justo, del deseo de que prevalecieran los sentimientos más nobles y hermosos. Historias que contaban que por un breve y brillante momento se consiguió lo que pretendía. Camelot ese reino maravilloso. Solo un instante porque los personajes de esas historias eran humanos, ficticios pero humanos, y ya se sabe que los humanos al final lo estropeamos todo, aunque muchas veces lo volvemos a arreglar…a veces es demasiado tarde cuando lo intentamos.
El mítico rey Arturo era para mí el líder perfecto. Aquel que yo seguiría luchando por tan noble ideal. Por eso quizá me siga quedando cierto aprecio hacia la monarquía.
El flamante rey de España no tiene poder para organizar su reino a su antojo, ni siquiera puede vivir su vida libremente, en público no es dueño de sus actos ni de sus palabras. Por eso me parece tonto o malintencionado que alguien diga que desearía que en este país no hubiera súbditos. No los hay. No al menos súbditos de un rey, sí quizás de otros poderosos pero esa es otra historia.
No tiene poder ejecutivo, legislativo ni administrativo, pero sí tiene poder simbólico, como encarnación de la corona. Y con ese poder puede generar efectos positivos o negativos.
La corona, un símbolo quizá ya no muy poderoso porque lo es de España, que es un nombre que ya no emociona, y que incluso parece que hay que decir en voz baja, para que se note el ánimo de no molestar. Y sí parece que emocionan otras nacionalidades un poco históricas, un poco ficticias, más próximas, más homogéneas (al menos en idioma y nivel de riqueza) y menos desgastadas.
También ha perdido brillo como símbolo por los actos del hasta ahora dueño de la corona y de sus familiares de sangre y por afinidad. Sería ideal que apenas se supiera nada de la persona detrás del rey ni de la vida privada de sus cercanos, pero porque nada hubiera que contar no porque fuera tapado. Sí, los actos de los humanos puede ensuciar los símbolos, pero estos tienen capacidad de limpiarse por completo cuando otro humano los posee y los cuida bien. Y también los otros podemos hacer algo porque permanezca reluciente; ya que nadie puede estar a la altura del mito, separemos nuestra visión del Rey como el legítimo señor de la corona, del humano de naturaleza inevitablemente débil y corruptible que temporalmente debe ejercer el papel de monarca. Es decir, que se puedan decir barbaridades de Felipe, y al instante dar sentidas y sinceras salves al Rey.  
Es nuestro representante. Es verdad que no es un representante elegido, pero, no nos engañemos, ningún representante que resultará de una votación, aunque ganara por una gran mayoría,  entusiasmaría a muchos mucho tiempo. Que el monarca venga dado por nacimiento y no sea un candidato con obras y pensamientos que gustan a unos sí y a otros no, debería ser una de las ventajas de la monarquía. ¿A éste le ha tocado? Pues ya está, éste. Nos olvidamos de juicios y decisiones. Viva el Rey, simplemente porque lo es.
Puedo entender, claro, que alguien no se sienta representado por un rey. Puedo comprender aún mejor que no se sientan representados por nuestros gobernantes ni por su principal, aunque sean elegidos democráticamente. Ni tampoco por la principal oposición. La verdad es que, dado cómo se comportan unos y otros, cuesta mucho estar de su parte. Vale, yo tampoco me siento representado por ellos.
Pero cuando uno no se siente representado, no puede dar por hecho que a todo el mundo le pasa igual y no puede pensar que él sí representa a la voz mayoritaria del pueblo. Para todos sería bueno, antes de quejarnos con todo derecho de políticos e instituciones, pensar si los uno mismo se siente representando por lo que hace y dice. Sí ejerce un buen gobierno de sí mismo. Creo que si todos pretendiéramos ser un rey mítico, aunque fuera de un país unipersonal, Camelot estaría más cerca. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario