No soy partidario de la fiesta de los toros. Considero que
no es defendible un espectáculo en el que se muestra dolor, castigo, y
sufrimiento. Pero tampoco soy un apasionado antitaurino. No creo que los
verdaderos aficionados a los toros sean seres crueles, sino gente que aprecia
la belleza que existe en el festejo, al menos en algunos momentos. El toro
sufre sin duda, pero después de haber
tenido una vida mucho más agradable que la de la mayoría de los animales. Es un
animal que existe y es criado para ese momento. Y el toro sufre como un animal.
Me parece muy tramposo el efectista anuncio en el que se veía a un hombre con
banderillas con el mensaje “ponte en su lugar”. El animal en ningún caso puede
sufrir de la manera en que lo haría un ser humano, capaz de comprender
plenamente la situación y todo lo que implica.
Cuando muere un torero me parece triste, pero no tanto como
otras muertes de víctimas de desgracias. Un torero conoce el riesgo que corre y
lo asume. El elige su vida siendo consciente de todas sus posibles
consecuencias.
Indignación y enfado sí que siento mucho. Porque cuando
muere un torero aparecen un gran número de imbéciles y cobardes mostrando su
alegría y burlándose del fallecido.
Hay que hacer un esfuerzo notable para tratar de comprender
como alguien siente que tiene derecho a insultar a una persona que acaba de
morir dejando una familia y unos amigos que le lloran. Que tiene derecho,
porque los toreros son asesinos, deben ser odiados y se les puede desear todo
el mal posible.
Hay entre gente esa gente, seres que con igual pasión
muestran su odio contra lo antiecológico que contra los gemeliers. Pero también
hay muchos que se consideran a sí mismos personas de gran sensibilidad, que
defienden una causa justa y noble, y que por ello están legitimados para
demostrar su total desprecio por quien se opone a la misma.
Para empezar ya creer que se puede ser miserable por tener
superioridad moral resulta bastante absurdo y paradójico. Y es que ya no es
culpar o no culpar, odiar o no odiar, es hacer algo tan ruin como mostrar públicamente
tu alegría por una muerte, por una pérdida que causa mucho dolor en otros.
Pero es que esos miserables no defienden ninguna causa.
Defienden tan sólo una idea muy simple, que no cuestionan y en la que no
profundizan, que les permite con mucha comodidad y rapidez sentirse mejor
consigo mismos y orgullosos de la imagen que muestran.
Probablemente a muchos de ellos les encante la frase: “Cuanto
más conozco a los hombres más quiero a mi perro”. Se suele vender esta frase
como lema de quienes tienen una profunda sensibilidad y ante las continuas
decepciones que les producen sus semejantes dirigen su inmenso cariño a los
animales. Pues para mí esa frase es el reconocimiento de un fracaso. El fracaso
de no poder querer a seres humanos que piensan de manera diferente, que actúan
de un modo que no es el deseado, que son difíciles de prever, inestables, volubles,
que no siempre son leales ni agradecidos…porque los humanos somos complejos.
Ahí está nuestro problema, ahí está nuestra gracia.
Para mí querer a un animal no es signo de bondad, no al
menos signo suficiente. Como no lo es querer a los cercanos, a la familia, a
los que comparten nuestras ideas…No, grandísimos e indiscutible hijos de puta
han sido grandes amigos de sus amigos. Lo que admiro, lo que para mí es
meritorio, lo que la mayoría no conseguimos siempre, es ser capaz de respetar
al extraño, al ajeno, al opuesto. Ya no digo quererle, solo respetarle
tratándolo de comprender.
Quien defiende cualquier idea en favor del medio ambiente, los
animales o un grupo humano, considerándose moralmente superior a quien no
piensa como él, y por tanto autorizado a denigrar al adversario, no es para mí
el apasionado adalid de una noble causa que él cree ser, sino un individuo que
tiene una naturaleza de escasa belleza, con el mal olor de la podredumbre y muy contaminada por el odio.
Qué descanse en paz el torero, y que los se han alegrado de
su muerte sufren la brutal embestida de la prudencia y la complejidad.
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