lunes, 19 de junio de 2017

Sobre los que piensan que celebrar una muerte demuestra sensibilidad



No soy partidario de la fiesta de los toros. Considero que no es defendible un espectáculo en el que se muestra dolor, castigo, y sufrimiento. Pero tampoco soy un apasionado antitaurino. No creo que los verdaderos aficionados a los toros sean seres crueles, sino gente que aprecia la belleza que existe en el festejo, al menos en algunos momentos. El toro sufre sin duda,  pero después de haber tenido una vida mucho más agradable que la de la mayoría de los animales. Es un animal que existe y es criado para ese momento. Y el toro sufre como un animal. Me parece muy tramposo el efectista anuncio en el que se veía a un hombre con banderillas con el mensaje “ponte en su lugar”. El animal en ningún caso puede sufrir de la manera en que lo haría un ser humano, capaz de comprender plenamente la situación y todo lo que implica.
Cuando muere un torero me parece triste, pero no tanto como otras muertes de víctimas de desgracias. Un torero conoce el riesgo que corre y lo asume. El elige su vida siendo consciente de todas sus posibles consecuencias.
Indignación y enfado sí que siento mucho. Porque cuando muere un torero aparecen un gran número de imbéciles y cobardes mostrando su alegría y burlándose del fallecido.
Hay que hacer un esfuerzo notable para tratar de comprender como alguien siente que tiene derecho a insultar a una persona que acaba de morir dejando una familia y unos amigos que le lloran. Que tiene derecho, porque los toreros son asesinos, deben ser odiados y se les puede desear todo el mal posible.
Hay entre gente esa gente, seres que con igual pasión muestran su odio contra lo antiecológico que contra los gemeliers. Pero también hay muchos que se consideran a sí mismos personas de gran sensibilidad, que defienden una causa justa y noble, y que por ello están legitimados para demostrar su total desprecio por quien se opone a la misma.
Para empezar ya creer que se puede ser miserable por tener superioridad moral resulta bastante absurdo y paradójico. Y es que ya no es culpar o no culpar, odiar o no odiar, es hacer algo tan ruin como mostrar públicamente tu alegría por una muerte, por una pérdida que causa mucho dolor en otros.
Pero es que esos miserables no defienden ninguna causa. Defienden tan sólo una idea muy simple, que no cuestionan y en la que no profundizan, que les permite con mucha comodidad y rapidez sentirse mejor consigo mismos y orgullosos de la imagen que muestran.
Probablemente a muchos de ellos les encante la frase: “Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro”. Se suele vender esta frase como lema de quienes tienen una profunda sensibilidad y ante las continuas decepciones que les producen sus semejantes dirigen su inmenso cariño a los animales. Pues para mí esa frase es el reconocimiento de un fracaso. El fracaso de no poder querer a seres humanos que piensan de manera diferente, que actúan de un modo que no es el deseado, que son difíciles de prever, inestables, volubles, que no siempre son leales ni agradecidos…porque los humanos somos complejos. Ahí está nuestro problema, ahí está nuestra gracia.
Para mí querer a un animal no es signo de bondad, no al menos signo suficiente. Como no lo es querer a los cercanos, a la familia, a los que comparten nuestras ideas…No, grandísimos e indiscutible hijos de puta han sido grandes amigos de sus amigos. Lo que admiro, lo que para mí es meritorio, lo que la mayoría no conseguimos siempre, es ser capaz de respetar al extraño, al ajeno, al opuesto. Ya no digo quererle, solo respetarle tratándolo de comprender.
Quien defiende cualquier idea en favor del medio ambiente, los animales o un grupo humano, considerándose moralmente superior a quien no piensa como él, y por tanto autorizado a denigrar al adversario, no es para mí el apasionado adalid de una noble causa que él cree ser, sino un individuo que tiene una naturaleza de escasa belleza, con el mal olor de  la podredumbre y muy contaminada por el odio.
Qué descanse en paz el torero, y que los se han alegrado de su muerte sufren la brutal embestida de la prudencia y la complejidad.

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