En este momento de mi vida valoro más que nada lo auténtico,
lo inspirado por un impulso, emoción, o pensamiento legítimo. O por contraste,
todo lo que no se hace, se dice por dar mejor imagen a los demás o todo lo que
no se piensa por tener una visión más atractiva de uno mismo. Autenticidad que
debe ser compleja, porque somos variables y contradictorios.
Cada día tengo muchas razones para sentirme triste y también
otras muchas para sentirme alegre. No puede olvidarme de lo que me apena, pero
tampoco quiero frenar mis deseos de disfrutar de buenos momentos. Me siento
mejor cuando hago y digo lo que siento que es más sincero aun cuando no sea lo
más esperado o conveniente.
Me gusta la gente en la que aprecio esa autenticidad y admiro
a los que saben gobernar esa materia prima, natural, orgánica, confusa e
inestable, y conseguir algo positivo para él sin intención, al menos, de dañar
a otros.
Es difícil el dominio de uno mismo, el dominio de emociones
no domesticadas. En especial cuando nos enfrentamos a situaciones o circunstancias
que revolucionan nuestro interior.
El jueves 17 de Agosto en Barcelona ocurrió algo terrible.
En este mundo hechos terribles ocurren todos los días, pero muchos de ellos o
evitamos conocerlos o los mantenemos a una distancia de seguridad. La cercanía impide
ese distanciamiento y el impacto es intenso. La cercanía no solo geográfica
sino también emocional. He visitado muchas veces Barcelona, magnífica ciudad. He
paseado por las Ramblas en varias ocasiones, me resulta fácil situarme
mentalmente allí.
Sentí tristeza y dolor. Pero dormí esa noche, cogí al metro
el día siguiente y encaré el día con el mismo ánimo que hubiera tenido si no
hubiera ocurrido. Seguimos y si no olvidamos, al menos no tenemos presente. Supongo
que por supervivencia tendemos a comportarnos así. Quizá sería bueno detener un
momento nuestras vidas asimilar la dimensión de las desgracias que hay en el
mundo, para adquirir conciencia de la gravedad de los problemas. Pero después
de eso debemos seguir. Ver a algunos famosos o famosillos decir que están
destrozados o devastados me parece ridículo. Por supuesto que para cualquiera
podría ser devastador si asimiláramos el dolor causado, todo lo bello que uno
acto absurdo detuvo…pero no lo hacemos; estoy convencido de que ellos no lo
hacen.
Creo que es bueno que figuras relevantes de la sociedad,
sean políticos, intelectuales, deportistas… muestren duelo y envíen ánimo. Pero
expresando algo sincero, sin pretender ser el más sensible. En otros atentados
he compartido alguna de las imágenes que circulan por internet. No lo he hecho en esta ocasión: siento ahora
que es demasiado banal, y creo que es algo impulsado sobre todo por una
cuestión de imagen.
Muy preocupante el terrorismo. Pero no se debe magnificar.
No se debe agrandar la amenaza. Exagerar los riesgos crea miedo y el miedo
alimenta el monstruo. Los terroristas tendrían éxito si se produjeran cambios
en nuestro modo de vida. Pero eso no ocurrió en Nueva York, ni en Madrid, ni en
Londres ni París y no sucederá en Barcelona.
No solo provoca tristeza. Aparecen otras muchas emociones,
entre las que destaca el odio. Me parece muy natural sentir odio. Yo lo he
sentido. Odio con deseo de venganza, de justicia. Odio que proporciona una
visión muy clara del mundo, de los enemigos. Nos sugiere ideas, soluciones muy
claras. Pero si uno se deja aconsejar por él puede perder el control. Se le
deja arrancar y acaba tomando mucha velocidad. Una reacción que empieza siendo
justificada puede llevarnos donde no queríamos llegar. El odio censura la
inteligencia, sólo nos deja ver lo que le conviene. Nos reduce, anula aspectos mucho
más dulces de lo humano y perdemos libertad y riqueza.
En el odio está contenido un rechazo de lo inaceptable, un
desprecio de lo vil y terrible que una persona puede ser y eso está bien que
permanezca. Me parece fantástico tener ideales bonitos y bienintencionados,
pero creer que la solución del mundo se encuentra en la letra de Imagine es
pretender recortar la realidad, hasta dejar solo la parte que se adapta a un
deseo ingenuo.
Hay que ser realista. No adaptar los hechos a una visión del
mundo, que se impermeabiliza para que nada le alcance. Si uno es capaz de decir
que es terrorismo fascista fruto del capitalismo es que ha logrado una
reducción miniaturista de su cerebro a fuerza de repetirse una única idea.
Como encajar los golpes, como continuar en un mundo como
éste…Cada uno debe encontrar su manera. Yo todavía no tengo la mía muy perfeccionada.
Pero sé que hay que vivir, antes que nada hay que vivir, como buenamente podamos
y nos dejen.
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