domingo, 20 de agosto de 2017

17 de Agosto de 2017 Barcelona



En este momento de mi vida valoro más que nada lo auténtico, lo inspirado por un impulso, emoción, o pensamiento legítimo. O por contraste, todo lo que no se hace, se dice por dar mejor imagen a los demás o todo lo que no se piensa por tener una visión más atractiva de uno mismo. Autenticidad que debe ser compleja, porque somos variables y contradictorios.
Cada día tengo muchas razones para sentirme triste y también otras muchas para sentirme alegre. No puede olvidarme de lo que me apena, pero tampoco quiero frenar mis deseos de disfrutar de buenos momentos. Me siento mejor cuando hago y digo lo que siento que es más sincero aun cuando no sea lo más esperado o conveniente.
Me gusta la gente en la que aprecio esa autenticidad y admiro a los que saben gobernar esa materia prima, natural, orgánica, confusa e inestable, y conseguir algo positivo para él sin intención, al menos, de dañar a otros.
Es difícil el dominio de uno mismo, el dominio de emociones no domesticadas. En especial cuando nos enfrentamos a situaciones o circunstancias que revolucionan nuestro interior.
El jueves 17 de Agosto en Barcelona ocurrió algo terrible. En este mundo hechos terribles ocurren todos los días, pero muchos de ellos o evitamos conocerlos o los mantenemos a una distancia de seguridad. La cercanía impide ese distanciamiento y el impacto es intenso. La cercanía no solo geográfica sino también emocional. He visitado muchas veces Barcelona, magnífica ciudad. He paseado por las Ramblas en varias ocasiones, me resulta fácil situarme mentalmente allí.
Sentí tristeza y dolor. Pero dormí esa noche, cogí al metro el día siguiente y encaré el día con el mismo ánimo que hubiera tenido si no hubiera ocurrido. Seguimos y si no olvidamos, al menos no tenemos presente. Supongo que por supervivencia tendemos a comportarnos así. Quizá sería bueno detener un momento nuestras vidas asimilar la dimensión de las desgracias que hay en el mundo, para adquirir conciencia de la gravedad de los problemas. Pero después de eso debemos seguir. Ver a algunos famosos o famosillos decir que están destrozados o devastados me parece ridículo. Por supuesto que para cualquiera podría ser devastador si asimiláramos el dolor causado, todo lo bello que uno acto absurdo detuvo…pero no lo hacemos; estoy convencido de que ellos no lo hacen.
Creo que es bueno que figuras relevantes de la sociedad, sean políticos, intelectuales, deportistas… muestren duelo y envíen ánimo. Pero expresando algo sincero, sin pretender ser el más sensible. En otros atentados he compartido alguna de las imágenes que circulan por internet.  No lo he hecho en esta ocasión: siento ahora que es demasiado banal, y creo que es algo impulsado sobre todo por una cuestión de imagen.  
Muy preocupante el terrorismo. Pero no se debe magnificar. No se debe agrandar la amenaza. Exagerar los riesgos crea miedo y el miedo alimenta el monstruo. Los terroristas tendrían éxito si se produjeran cambios en nuestro modo de vida. Pero eso no ocurrió en Nueva York, ni en Madrid, ni en Londres ni París y no sucederá en Barcelona.
No solo provoca tristeza. Aparecen otras muchas emociones, entre las que destaca el odio. Me parece muy natural sentir odio. Yo lo he sentido. Odio con deseo de venganza, de justicia. Odio que proporciona una visión muy clara del mundo, de los enemigos. Nos sugiere ideas, soluciones muy claras. Pero si uno se deja aconsejar por él puede perder el control. Se le deja arrancar y acaba tomando mucha velocidad. Una reacción que empieza siendo justificada puede llevarnos donde no queríamos llegar. El odio censura la inteligencia, sólo nos deja ver lo que le conviene. Nos reduce, anula aspectos mucho más dulces de lo humano y perdemos libertad y riqueza.  
En el odio está contenido un rechazo de lo inaceptable, un desprecio de lo vil y terrible que una persona puede ser y eso está bien que permanezca. Me parece fantástico tener ideales bonitos y bienintencionados, pero creer que la solución del mundo se encuentra en la letra de Imagine es pretender recortar la realidad, hasta dejar solo la parte que se adapta a un deseo ingenuo.
Hay que ser realista. No adaptar los hechos a una visión del mundo, que se impermeabiliza para que nada le alcance. Si uno es capaz de decir que es terrorismo fascista fruto del capitalismo es que ha logrado una reducción miniaturista de su cerebro a fuerza de repetirse una única idea.
Como encajar los golpes, como continuar en un mundo como éste…Cada uno debe encontrar su manera. Yo todavía no tengo la mía muy perfeccionada. Pero sé que hay que vivir, antes que nada hay que vivir, como buenamente podamos y nos dejen.

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