La foto del padre de un niño muerto en las Ramblas abrazando al imán de Rubí muestra un acto de grandeza. No puedo imaginar lo
duro que para un padre debe ser perder un hijo, tan pequeño, de ese modo. Y a
pesar de eso se sobrepone y busca con gran fuerza de voluntad un acto de
reconciliación. Un abrazo que simbolice la unidad humana ante los males que a todos
nos conmueven. De luchar unidos contra el primer y último enemigo.
Hay grandeza en el ser humano. Por desgracia no la muestra
con frecuencia. Es más factible que la exprese en momentos de gran impacto
emocional. En momentos en los que tiene una sensación de trascendencia, incluso
aunque se vea acompañado de intenso dolor. De la conciencia de la debilidad y
la pequeñez nace la preocupación por lo universal. Entonces es posible romper
la atracción de lo individual y tener una visión mucho más amplia, como la que
tendríamos si estuviéramos volando en un dragón.
Pero esos momentos son eso, momentos. Durante las fases más
rutinarias de nuestras vidas, o incluso en aquellas que tienen algo de
extraordinario que por duradero se normaliza, perdemos esa visión transcendente
y volvemos a ocuparnos de los temas mundanos, regresamos al ruido y la furia. Volvemos
a los juegos en los que pretendemos ganar, a los dominios de la vanidad y el
orgullo. Dejamos de preocuparnos por los caminantes blancos para luchar por el
trono.
Cuando estamos en territorio conocido ponemos el automático,
volvemos a nuestro ser por inercia, al personaje que normalmente interpretamos.
El político juega a la política y dedica sus esfuerzos a tratar de hacer
patente la vileza de sus contrarios. El independentista es independista, y el
mismo sentimiento que le inspira a levantar un muro que le convierta en un
pueblo libre, transforma en enemigo a aquellos con los que deberían unirse para
combatir al peligro común.
Debemos crear y desarrollar nuestros personajes, diferentes
razas, diferentes creencias, idiomas, ideas…Pero todos tenemos problemas
comunes, todos compartimos algo mucho más importante que lo que nos separa. Si
perdemos esa capacidad de unirnos, si en lugar de abrazarnos nos enfrentamos,
si sólo nos preocupamos por nuestro territorio, hay un gran riesgo de que el invierno llegue a
nuestro mundo.
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