lunes, 27 de abril de 2020

¿A qué grupo pertenecen?


Mirando con atención las imágenes que se han difundido de los comportamientos irresponsables de ayer, ¿alguien se atrevería a decir a qué partido político ha votado esa gente? ¿alguien es capaz de afirmar que todas son de una misma clase social? ¿hay alguna Comunidad Autónoma dónde todo haya sido perfecto? ¿Se atreve alguno a adivinar si esa gente es creyente o no? ¿Si practican algún deporte o a qué equipo animan?
¿Verdad qué no? Esta lucha no conoce fronteras, ni ideologías. Sólo hay dos grupos: los que están dispuestos a hacer lo mejor para nuestra especie y los que no. Entonces dejemos de hacer críticas a grupos que se diferencian en algo de nosotros. El que tengamos un parecido o una diferencia en algún aspecto con alguien no es lo que debe determinar la valoración de su conducta, de toda su conducta. La crítica debe ser individualizada, concretada no sólo en la persona, sino en un acto determinado. Porque quizá alguien se vea en esas fotos, tome conciencia, siente vergüenza, y no vuelva a actuar de manera imprudente.
La crítica puede ser contundente, muy severa, porque nos estamos jugando muchísimo, y los errores cuestan vidas. Pero evitamos cargarlas de odio. Supongo que todos, como yo, sentís muchas emociones negativas: rabia, frustración, miedo…Si se convierte todo eso en odio nada se gana. Y si no se puede contener la emoción, al menos que el blanco de la crítica sea lo más reducido posible.
Son tiempos difíciles, nuevos para todos. Sin ninguna mala intención se pueden realizar actos muy perjudiciales. Hay que criticarlos, hay que exigir responsabilidad. Pero no condenemos a una persona por un acto, y sobre todo, mucho menos extendamos la condena, impulsados por el odio y la necesidad de encontrar culpables, a todos aquellos con los que el responsable comparte algo, una sola característica.

domingo, 26 de abril de 2020

¿Obligación o libre albedrío?


Las leyes penales, la policía, las sanciones, las multas, las condenas…Todo esto nos demuestra que hay mucha gente que incluso castigándola hace lo que no debe. Mucho menos harían lo correcto si se les dejará total libertad. Poca gente admite ser mala, pero casi todos sucumbimos al egoísmo y a la estupidez. Incluso a veces ni obligándonos hacemos lo que es mejor para nosotros mismos. 
Hasta ahora durante el confinamiento, una gran mayoría hemos hecho lo debido porque se nos ha obligado. Hablar de héroes por quedarse en casa cuando salir está prohibido me parece absurdo. No hay mérito cuando no hay decisión libre.
Pero la prisión preventiva no puede mantenerse mucho tiempo. Hay que empezar a dar libertad condicional, y trasladar la responsabilidad a la sociedad.
Hay que asumir que va a haber incumplimientos y comportamientos estúpidos y dañinos. Porque así somos las personas. Muchos creerán que ahora son mejores, pero no es cierto. Solo madura el que es capaz de comprender y analizar, y hace el esfuerzo de asimilar e interiorizar la experiencia. Los demás olvidarán muy pronto. Creerán que pequeños incumplimientos no suponen ningún perjuicio, y tacita a tacita, cada vez se separarán un poco más de lo correcto. Incluso teniendo la mejor de las voluntades de inicio es fácil relajarse, fácil dejar de mantener todas las precauciones. Nada ayuda que el enemigo sea invisible y que las consecuencias puedan estar muy lejos del acto en tiempo y espacio. Alguien de Madrid puede ser culpable por una estupidez de que muera un anciano en Alicante, pero nunca tendrá que asumir su culpa.
Algunas de las normas nos parecerán absurdas, sobre todo cuando nos impidan hacer lo que nos apetece. Nuestros deseos siempre encuentran argumentos para justificarse. Pero es fundamental que se pongan límites, aunque la policía no pueda velar porque se cumplan. Porque es necesario que se recuerde que la situación no es normal, que sigue siendo de extrema gravedad, que no hay que permitirse ningún descuido. Las administraciones y la prensa deben repetir una y otra vez las tremendas consecuencias que puede tener hacer lo que no se debe. Y la sociedad también recordarlo a quien incumpla, advirtiendo, reprochando, incluso denunciando al incumplidor.
Pero a pesar de esos malos comportamientos, confío en la responsabilidad de la mayoría. Se exagerarán y se mostrarán con generosidad los incumplimientos. Pero hay que fijarse e imitar el civismo de muchos.
No confío mucho en la responsabilidad de los políticos, que rechazarán las disposiciones de las Administraciones que controlen sus rivales, y aplaudirán las que dicten las que gobierna su partido. Crearán confusión, inconsistencia, mal ejemplo. Todo lo contrario a la unidad, que es lo que ahora más necesitamos.
Aún así, no serán ellos ahora los más importantes. Cuando estamos obligados a la pasividad toda la responsabilidad es de quien tiene el gobierno. Cuando se da libertad, la mayor parte recae en la sociedad. Cada individuo en cada acto debe asumir su responsabilidad. 

jueves, 9 de abril de 2020

El tramposo y el desánimo



En la España A.C. (antes del puto virus) no era extraño oír presumir a un individuo de haber pagado a hacienda menos de lo que debería, ocultando, falseando. Da por hecho que aquellos a quienes habla le van a envidiar, porque ellos también querrían hacerlo, pero no saben o se atreven. Además él puede exponer poderosísimos argumentos como no pagarles casas a políticos. Por supuesto, ese individuo y aquellos como él son los que más sé quejan de lo mal que funcionan los servicios públicos, de que no se invierta más. Y cuando se les pilla en algunas de sus infracciones, o se les recrimina algún abuso, responden indignados, pues se creen con derecho a todo.

En hacienda pública a esos individuos se les denomina free riders, es decir los que aprovechan gratis, o pagando mucho menos de lo que deberían, lo que demás financian (sanidad, carreteras, educación, cultura…). Pero el aprovechado, el tramposo, el que saca partido de las reglas que otros cumplen en beneficio común, existe en todos los ámbitos de la vida.

Empresarios que se enriquecen incumpliendo normas laborales, gente que se cuela en el metro y nunca cedería su asiento, deportistas dopados, vecinos molestos que no pagan las cuotas, y para cualquier esposa o novia enfadada, también es aprovechado su pareja, por aportar a la relación mucho menos que ellas.

El free rider, el aprovechado, el tramposo, es un esclavo del egoísmo. Incapaces de traspasar las fronteras de su piel, de imaginar ser algo distinto de su reducido yo. Se acostumbran a entender la vida como un juego en el que tienen que conseguir pequeñas victorias sobre otros, para poder creerse más listos, mejores. Di que sí, campeón, que crack. Actúan con la seguridad de quien es incapaz de cuestionarse nada, o bien por la desértica simplicidad de su mente, o bien porque intuyen que si lo hicieran descubrían sus miserias, y son demasiado cobardes para ello.

Lo peor de los tramposos no es su falta de contribución, ni siquiera el perjuicio que causan en los otros. Lo peor, creo, es el desánimo y el desaliento que provocan en aquellos que si cumplen las normas, en aquellos que hacen un esfuerzo económico o de cualquier tipo y ven como otros consiguen lo mismo o más que ellos sin ese esfuerzo. Lo peor es sentir que la cigarra se come nuestras reservas para el invierno y además se ríe de nosotros.

En estos tiempos extraños, también aparecen los aprovechados. Los que abrimos la puerta lo mínimo imprescindible, y contenemos nuestros deseos de salir a bailar desnudos bajo la lluvia en una calle desierta, o bueno, de sacar a los niños al parque, vemos o nos dicen que hay quien sale cada día con sus bolsas y tras largo tiempo vuelve con ellas casi vacías, quien agota a su perro, o quien se toma el puente como si no pasara nada. No cumplen con lo debido, y pueden causar unas consecuencias que todos paguemos. Es normal que eso desanimé.

Yo procuro que eso me desanime lo menos posible. Primero pienso que son una minoría, que cuando me asoma a la ventana veo las calles desiertas o casi, que alguna prensa aprovecha una imagen o un rumor para vender un titular que exagera el incumplimiento. Segundo, quiero creer también que muchos de ellos serán descubiertos, sancionados y devueltos al punto de partida. Tercero, espero que la rabia que da ver estos comportamientos sirva para que la gran mayoría de la sociedad rechace y desprecie cualquier acto que perjudique a la comunidad; que por fin se reduzca la tolerancia de lo inaceptable. Y finalmente me recuerdo que mis acciones deben fundamentarse en mis convicciones, que “el otro lo hizo primero” es un argumento que me lleva a ser lo que no quiero ser, y convierte a los tramposos en los líderes del mundo.