jueves, 9 de abril de 2020

El tramposo y el desánimo



En la España A.C. (antes del puto virus) no era extraño oír presumir a un individuo de haber pagado a hacienda menos de lo que debería, ocultando, falseando. Da por hecho que aquellos a quienes habla le van a envidiar, porque ellos también querrían hacerlo, pero no saben o se atreven. Además él puede exponer poderosísimos argumentos como no pagarles casas a políticos. Por supuesto, ese individuo y aquellos como él son los que más sé quejan de lo mal que funcionan los servicios públicos, de que no se invierta más. Y cuando se les pilla en algunas de sus infracciones, o se les recrimina algún abuso, responden indignados, pues se creen con derecho a todo.

En hacienda pública a esos individuos se les denomina free riders, es decir los que aprovechan gratis, o pagando mucho menos de lo que deberían, lo que demás financian (sanidad, carreteras, educación, cultura…). Pero el aprovechado, el tramposo, el que saca partido de las reglas que otros cumplen en beneficio común, existe en todos los ámbitos de la vida.

Empresarios que se enriquecen incumpliendo normas laborales, gente que se cuela en el metro y nunca cedería su asiento, deportistas dopados, vecinos molestos que no pagan las cuotas, y para cualquier esposa o novia enfadada, también es aprovechado su pareja, por aportar a la relación mucho menos que ellas.

El free rider, el aprovechado, el tramposo, es un esclavo del egoísmo. Incapaces de traspasar las fronteras de su piel, de imaginar ser algo distinto de su reducido yo. Se acostumbran a entender la vida como un juego en el que tienen que conseguir pequeñas victorias sobre otros, para poder creerse más listos, mejores. Di que sí, campeón, que crack. Actúan con la seguridad de quien es incapaz de cuestionarse nada, o bien por la desértica simplicidad de su mente, o bien porque intuyen que si lo hicieran descubrían sus miserias, y son demasiado cobardes para ello.

Lo peor de los tramposos no es su falta de contribución, ni siquiera el perjuicio que causan en los otros. Lo peor, creo, es el desánimo y el desaliento que provocan en aquellos que si cumplen las normas, en aquellos que hacen un esfuerzo económico o de cualquier tipo y ven como otros consiguen lo mismo o más que ellos sin ese esfuerzo. Lo peor es sentir que la cigarra se come nuestras reservas para el invierno y además se ríe de nosotros.

En estos tiempos extraños, también aparecen los aprovechados. Los que abrimos la puerta lo mínimo imprescindible, y contenemos nuestros deseos de salir a bailar desnudos bajo la lluvia en una calle desierta, o bueno, de sacar a los niños al parque, vemos o nos dicen que hay quien sale cada día con sus bolsas y tras largo tiempo vuelve con ellas casi vacías, quien agota a su perro, o quien se toma el puente como si no pasara nada. No cumplen con lo debido, y pueden causar unas consecuencias que todos paguemos. Es normal que eso desanimé.

Yo procuro que eso me desanime lo menos posible. Primero pienso que son una minoría, que cuando me asoma a la ventana veo las calles desiertas o casi, que alguna prensa aprovecha una imagen o un rumor para vender un titular que exagera el incumplimiento. Segundo, quiero creer también que muchos de ellos serán descubiertos, sancionados y devueltos al punto de partida. Tercero, espero que la rabia que da ver estos comportamientos sirva para que la gran mayoría de la sociedad rechace y desprecie cualquier acto que perjudique a la comunidad; que por fin se reduzca la tolerancia de lo inaceptable. Y finalmente me recuerdo que mis acciones deben fundamentarse en mis convicciones, que “el otro lo hizo primero” es un argumento que me lleva a ser lo que no quiero ser, y convierte a los tramposos en los líderes del mundo.




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