Este escrito es sobre todo para mí, para mi terapia. Pero quizá alguien que lo lea sienta algo parecido y le sirva. Dejo salir las ideas, tal que como surgen en la cabeza; quizá viéndolas fuera causen menos efecto dentro.
Esta desescalada me pone de los nervios. Sí, lo sé, el mundo debe seguir. Debe hacerlo por muchas razones pero sobre todo por la economía, para tapar algunas de las fugas de agua. Pero me angustia y me enoja la precipitación con la que se realiza. Y no sólo por el gobierno central; todas y cada de las administraciones se atreven cada vez a más, aprovechando los datos menos malos quizá de lo esperado, y a la vez sabiendo que nada está controlado, que en dos semanas todo puede cambiar, y que no se dispone de los medios para detectar nuevos brotes y controlarlos. Y la gente, la velocidad de la gente para actuar como si nada hubiera pasado, como si la situación aún no fuera grave, como si la amenaza hubiera desaparecido.
Entiendo que la vida debe seguir, pero me asombra la velocidad con la que llega el olvido. El olvido del dolor, de las pérdidas, miles de ellas, de la lucha enorme de otros miles, sin recursos, sin conocimiento, arriesgándolo todo. Creo que todo eso se ha olvidado por muchos, por millones, porque solo se recuerda bien lo que ha emocionado, y para todos esos la situación no ha superado la superficie. Han conocido los datos, pero no han querido pensar en las historias, en todo el sufrimiento que ha habido en ellas, porque les incomodaba, porque amargaba su vacío.
Me irrita el egoísmo, el sectarismo, quizá de una minoría pero muy numerosa. Por supuesto el de los políticos; los que tienen poder abusan de él, los que no lanzan quejas simplonas, genéricas, que llenan de gritos y no de argumentos. Pero también el de la sociedad de la que son reflejo, a la que ni el fin del mundo puede hacer cambiar de opinión, que defienden los colores con el fanatismo de un hincha.
Nada hemos aprendido. Nada nos hará cambiar. Nada nos hará cuestionarnos nada. Ninguno pensamiento trascendente alterará nuestra banalidad. Nada nos hará despertar: queremos seguir en nuestro Matrix particular, el cada uno creamos, nuestra confortable ilusión, el artifico con el que evitamos ver la realidad y tener que enfrentarnos a ella.
Siento que no quiero participar en esto. Que me gustaría seguir siendo un eremita y no incorporarme al mundo. Porque me da miedo, miedo no de enfermar, sino de participar de una actividad que puede causar dolor y muerte. Porque siento que no es lo correcto. Que sí, que hay que seguir sí, que hay reír, disfrutar, vivir. Pero con extrema precaución, aceptando la responsabilidad que debe imponer el respecto a las víctimas y a los que han evitado que fueran muchos más. Y cada comportamiento que veo que desprecia esa responsabilidad por la satisfacción del capricho, por estupidez o simple pereza, me duele y me asusta.
Escribo dolido, y quizá no sea racional y justo lo que escribo. Ojalá lo que me asusten sean fantasmas inventados por mi mente. Espero encontrar la maneja de recuperar el exterior sin sentirme mal. Confío haber aprendido algo. Prometo no olvidar.
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