domingo, 17 de mayo de 2020

Ricos




Me gustaría ser rico, claro. Aunque tampoco como rico sería demasiado ambicioso. Como decía un personaje de la película La Doncella: “quiero tener el dinero suficiente para no preocuparme del precio del vino”. Por lo demás, un buen capital me permitiría financiar mis dos vicios principales: la pereza y la curiosidad.

Detecto en mucha gente una considerable manía a los ricos, incluso a los no tan ricos, a los burgueses que no se disfrazan de otra cosa. Parece que consideran poco ético tener dinero, poco solidario. No puedo evitar pensar que esa manía es un reflejo más de una moda: lanzar odio a todo aquel que no pueda confundirse con el propio reflejo.

No creo que la altura moral dependa del color del voto ni del saldo en cuenta. Seguro que hay ricos que han llegado a serlo rebajando más los principios que los precios, pero también los hay que se lo han ganado con trabajo, capacidad y valor.

Si hablamos de los que ya tuvieron pañales de marca, hay quien dirá que lo han tenido todo demasiado fácil, que no es posible conocer la realidad cuando todo se ha vivido en business, que el mundo es muy diferente si se mira a través de cristal de bohemia. Sí claro, habrá quien nada sepa del esfuerzo y considere mérito lo que es suerte en la lotería de cuna. Pero también hay quien consciente de que su fortuna es doble, haga lo necesario por sacar el mayor provecho de lo que se le ha regalado. Quizá sea ingenuo, pero mi impresión es que la bondad de las personas depende más de su fondo interior que del que tenga en el banco.

Es normal que los que más que tienen sean más conservadores, porque más temor pueden tener a perder. Eso no debe causar por sí solo un rechazo a cualquier ideología zurda. Pero la situación puede ponerse tensa, cuando se cree cierta la amenaza de “Podemos quitaros lo vuestro”. Y no ayuda a alcanzar un Estado más relajado el que se iguale, por capricho y sin ningún rigor histórico a un conservador con un fascista.

No me gustan las manifestaciones en los barrios más exclusivos. Por supuesto, no me gustan por no cumplir normas y recomendaciones de separación; no guardar la distancia en estos tiempos, aunque se use un perfume caro, es una estúpida irresponsabilidad. No me gusta por el uso de una bandera, que parece reclamarse como propiedad privada de un grupo, como si una nación fuera un club social. No me gustan, porque más que la queja legítima hacia un gobierno me parece que muestran el rechazo egoísta a cumplir con deberes que benefician a la comunidad. ¿Cuándo se reclama algo tan importante como la libertad se piensa en todos? Lo dudo.

Tampoco me gusta que estas manifestaciones de esos grupitos ruidosos se usen por otros, prensa y particulares, para atacar a toda una clase social o a otras formas de pensar. Después de esto está claro que nada detiene nuestra necesidad de crear bandos. Se crítica mucho a los políticos, ¿pero es mejor, más sosegada y dialogante, la política que hacemos los aficionados?

Son tiempos de mucho dolor, de grandes pérdidas, en el que nace la ira y no se sabe bien a quién o a qué dirigir porque está acompañada de confusión. Hay que tener mucho cuidado, porque no hay mascarilla que impida la propagación del odio.







  

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