Me gustaría
ser rico, claro. Aunque tampoco como rico sería demasiado ambicioso. Como decía
un personaje de la película La Doncella: “quiero tener el dinero suficiente para
no preocuparme del precio del vino”. Por lo demás, un buen capital me permitiría
financiar mis dos vicios principales: la pereza y la curiosidad.
Detecto en
mucha gente una considerable manía a los ricos, incluso a los no tan ricos, a
los burgueses que no se disfrazan de otra cosa. Parece que consideran poco
ético tener dinero, poco solidario. No puedo evitar pensar que esa manía es un
reflejo más de una moda: lanzar odio a todo aquel que no pueda confundirse con
el propio reflejo.
No creo que la
altura moral dependa del color del voto ni del saldo en cuenta. Seguro que hay
ricos que han llegado a serlo rebajando más los principios que los precios,
pero también los hay que se lo han ganado con trabajo, capacidad y valor.
Si hablamos de
los que ya tuvieron pañales de marca, hay quien dirá que lo han tenido todo
demasiado fácil, que no es posible conocer la realidad cuando todo se ha vivido
en business, que el mundo es muy diferente si se mira a través de cristal de
bohemia. Sí claro, habrá quien nada sepa del esfuerzo y considere mérito lo que
es suerte en la lotería de cuna. Pero también hay quien consciente de que su
fortuna es doble, haga lo necesario por sacar el mayor provecho de lo que se le
ha regalado. Quizá sea ingenuo, pero mi impresión es que la bondad de las
personas depende más de su fondo interior que del que tenga en el banco.
Es normal que
los que más que tienen sean más conservadores, porque más temor pueden tener a
perder. Eso no debe causar por sí solo un rechazo a cualquier ideología zurda.
Pero la situación puede ponerse tensa, cuando se cree cierta la amenaza de “Podemos
quitaros lo vuestro”. Y no ayuda a alcanzar un Estado más relajado el que se
iguale, por capricho y sin ningún rigor histórico a un conservador con un
fascista.
No me gustan las
manifestaciones en los barrios más exclusivos. Por supuesto, no me gustan por
no cumplir normas y recomendaciones de separación; no guardar la distancia en estos
tiempos, aunque se use un perfume caro, es una estúpida irresponsabilidad. No
me gusta por el uso de una bandera, que parece reclamarse como propiedad privada
de un grupo, como si una nación fuera un club social. No me gustan, porque más que
la queja legítima hacia un gobierno me parece que muestran el rechazo egoísta a
cumplir con deberes que benefician a la comunidad. ¿Cuándo se reclama algo tan
importante como la libertad se piensa en todos? Lo dudo.
Tampoco me
gusta que estas manifestaciones de esos grupitos ruidosos se usen por otros,
prensa y particulares, para atacar a toda una clase social o a otras formas de
pensar. Después de esto está claro que nada detiene nuestra necesidad de crear bandos.
Se crítica mucho a los políticos, ¿pero es mejor, más sosegada y dialogante, la
política que hacemos los aficionados?
Son tiempos de
mucho dolor, de grandes pérdidas, en el que nace la ira y no se sabe bien a quién
o a qué dirigir porque está acompañada de confusión. Hay que tener mucho
cuidado, porque no hay mascarilla que impida la propagación del odio.
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