El miedo es un mecanismo natural de defensa. Ayuda muchas veces, evita sufrir daños. Cuando uno mide bien los riesgos y estima correctamente el daño es prudente. Los cobardes, por supuesto, nos engañamos pensando que somos prudentes, pero no. Porque a nosotros, el miedo se nos va de las manos. Dejamos que tome el control de la imaginación, y que exagere el peligro, en cuanto a la magnitud de los daños o la probabilidad de que ocurran. Y si no, le permitimos que silencie las preguntas sobre las consecuencias negativas que tiene evitar el daño. Esto es más sutil pero aún más perjudicial. Si solo nos preocupamos de evitar un mal inmediato sin pensar en nada más, podemos dirigirnos directos a un mal mucho mayor. La huida nos puede llevar a un caer por un precipicio.
El coronavirus es un grave problema. No tanto como las informaciones con tono de apocalipsis zombi transmiten, pero más de lo que el rechazo a la exageración puede sugerir. Es bueno que el miedo a este grave problema nos haga preocuparnos y tomar medidas. Algunas son sencillas y pueden ser eficaces: tener las manos limpias nunca viene mal, aunque sólo sea en el aspecto físico y no moral. Más me va a costar evitar las aglomeraciones, dada mi afición a la fiesta loca, y sobre todo contener mi natural carácter cariñoso, limitando mis míticas muestras de afecto.
Pero, en serio, cuestiono mucho algunas de las medidas más radicales que están adoptando los gobiernos. Primero, porque creo que están concebidas más para aparentar responsabilidad y capacidad de control que para resolver; claro que no se podía esperar que en este campo se comportaran de un modo distinto al habitual. Crean titulares, no soluciones. Segundo, y más importante, por los grandes y graves efectos sociales y económicos que producen y que nos pueden llevar a una catastrófica crisis.
Habrá quien dirá que no se puede comparar el salvar vidas con la economía. Responderé que está muy bien tener sensibilidad, pero conviene que la sensibilidad no sea miope y también vea bien de lejos. Dejando de lado otras dramáticas consecuencias, una crisis profunda provocaría que muchos no tuvieran la asistencia médica que necesiten para salvarse.
Tengo miedo, claro, ya he dicho como soy. Tengo miedo por la enfermedad, sobre todo por las personas más frágiles de mi entorno. Pero tengo mucho más miedo por el remedio, por las graves consecuencias que puede provocar en cientos de millones. Espero que esté exagerando mi miedo. Espero que sepamos contener la epidemia, o limitar mucho sus daños, sin que eso genere males aún mayores.
No hay comentarios:
Publicar un comentario