martes, 29 de octubre de 2024

Nadie engaña a todos todo el tiempo


Es muy grave ser denunciado por agresión sexual. Aunque, a diferencia de las compañeras del acusado, la mayoría de nosotros seguimos creyendo en la presunción de inocencia. Hermana, yo ni te creo ni te dejo de creer. Y si hay delito, que venga un juez y lo vea, empleando la misma ley que él contribuyó a crear. Las demás acusaciones, anónimas y virtuales, podrían ser suficientes para sospechar que es un gañán pero no para un linchamiento en redes y una perpetua condena social…si no fuera por haber presumido tanto de aliade. Si una hija adolescente llega a casa con un novio que dice ser un apasionado feminista, comprendería que el padre valorara todas las opciones posibles para hacerlo desaparecer, porque lo más probable es que sea el más perverso de los hombres.

En realidad, lo que dicen esas acusaciones era previsible: si alguien es arrogante y despreciativo en lo público y se le aplaude, no es raro que lo lleve a lo privado, y otras le acusan de hacerles lo mismo que hacía con los buenas causas, decirles que las amaba y en realidad utilizarlas para masturbarse. Lo sorprendente es que en el mágico sistema de Sumar de detección del precrimen machista no sonaran las alarmas.

Pero aparte de todo hay algo muy importante que ha dicho en su despedida: la completa separación entre personaje y persona. Cierto es que él argumenta, de manera meliflua, que su yo bondadoso, defensor de causas justas, ha sido corrompido por la tensión de la lucha contra el capitalismo, el veneno de un poder que no pertenece al pueblo y la llamada salvaje y atávica del patriarcado. Pero separando del discurso la cobarde elusión de responsabilidad y quedándonos con el literal de la frase, obtenemos un mensaje muy real: que el Errejón político era un completo engaño.

Por desgracia, la falsedad desvergonzada, marca la mayoría de la política: individuos que defienden ideas en las que no creen, incluso sabiendo que son mentiras colosales, sin importarles en absoluto las consecuencias que puedan tener para otros, sólo su propio provecho. Es evidente que la mentira en política es ambidiestra y carente de género. Pero la mentira en el presunto progresismo resulta más insoportable (digo progresismo y no izquierda, porque no hay verdadera izquierda en España). Lo es porque va unida a presumir de superioridad moral, a criticar que aquellos que no los apoyamos o los cuestionamos somos seres salvajes e insensibles, incapaces de sentir tristeza porque maten a niños en guerras, y prestos a celebrar que alguien muera ahogado al hundirse una patera. Y tenemos que aguantar eso sabiendo que son una farsa, sabiéndolo mucho antes que lo demostrara y lo reconociera Errejón. Tendríamos que aceptar una superioridad moral a un verdadera izquierda que de verdad trabajara y luchara por ayudar a otros, débiles y maltratados, por lo que sufre y se preocupa, pero nunca a estos que utilizan las causas para crear un falso relato que les beneficie y que además son tan torpes, que muchas veces, en vez de ayudar, agravan los problemas.

Errejón ha caído definitivamente, sólo puede descender más y más. Él, que se apresuraba a condenar a la hoguera a cualquiera que fuera acusado, aún sin pruebas y sin fundamento, de actuar como un hombre del siglo pasado, se ha desprovisto de cualquier posibilidad de defensa.


lunes, 25 de mayo de 2020

No quiero ser parte de esta ilusión

Este escrito es sobre todo para mí, para mi terapia. Pero quizá alguien que lo lea sienta algo parecido y le sirva. Dejo salir las ideas, tal que como surgen en la cabeza; quizá viéndolas fuera causen menos efecto dentro.
Esta desescalada me pone de los nervios. Sí, lo sé, el mundo debe seguir. Debe hacerlo por muchas razones pero sobre todo por la economía, para tapar algunas de las fugas de agua. Pero me angustia y me enoja la precipitación con la que se realiza. Y no sólo por el gobierno central; todas y cada de las administraciones se atreven cada vez a más, aprovechando los datos menos malos quizá de lo esperado, y a la vez sabiendo que nada está controlado, que en dos semanas todo puede cambiar, y que no se dispone de los medios para detectar nuevos brotes y controlarlos. Y la gente, la velocidad de la gente para actuar como si nada hubiera pasado, como si la situación aún no fuera grave, como si la amenaza hubiera desaparecido.
Entiendo que la vida debe seguir, pero me asombra la velocidad con la que llega el olvido. El olvido del dolor, de las pérdidas, miles de ellas, de la lucha enorme de otros miles, sin recursos, sin conocimiento, arriesgándolo todo. Creo que todo eso se ha olvidado por muchos, por millones, porque solo se recuerda bien lo que ha emocionado, y para todos esos la situación no ha superado la superficie. Han conocido los datos, pero no han querido pensar en las historias, en todo el sufrimiento que ha habido en ellas, porque les incomodaba, porque amargaba su vacío.
Me irrita el egoísmo, el sectarismo, quizá de una minoría pero muy numerosa. Por supuesto el de los políticos; los que tienen poder abusan de él, los que no lanzan quejas simplonas, genéricas, que llenan de gritos y no de argumentos. Pero también el de la sociedad de la que son reflejo, a la que ni el fin del mundo puede hacer cambiar de opinión, que defienden los colores con el fanatismo de un hincha.
Nada hemos aprendido. Nada nos hará cambiar. Nada nos hará cuestionarnos nada. Ninguno pensamiento trascendente alterará nuestra banalidad. Nada nos hará despertar: queremos seguir en nuestro Matrix particular, el cada uno creamos, nuestra confortable ilusión, el artifico con el que evitamos ver la realidad y tener que enfrentarnos a ella.
Siento que no quiero participar en esto. Que me gustaría seguir siendo un eremita y no incorporarme al mundo. Porque me da miedo, miedo no de enfermar, sino de participar de una actividad que puede causar dolor y muerte. Porque siento que no es lo correcto. Que sí, que hay que seguir sí, que hay reír, disfrutar, vivir. Pero con extrema precaución, aceptando la responsabilidad que debe imponer el respecto a las víctimas y a los que han evitado que fueran muchos más. Y cada comportamiento que veo que desprecia esa responsabilidad por la satisfacción del capricho, por estupidez o simple pereza, me duele y me asusta.
Escribo dolido, y quizá no sea racional y justo lo que escribo. Ojalá lo que me asusten sean fantasmas inventados por mi mente. Espero encontrar la maneja de recuperar el exterior sin sentirme mal. Confío haber aprendido algo. Prometo no olvidar.

domingo, 17 de mayo de 2020

Ricos




Me gustaría ser rico, claro. Aunque tampoco como rico sería demasiado ambicioso. Como decía un personaje de la película La Doncella: “quiero tener el dinero suficiente para no preocuparme del precio del vino”. Por lo demás, un buen capital me permitiría financiar mis dos vicios principales: la pereza y la curiosidad.

Detecto en mucha gente una considerable manía a los ricos, incluso a los no tan ricos, a los burgueses que no se disfrazan de otra cosa. Parece que consideran poco ético tener dinero, poco solidario. No puedo evitar pensar que esa manía es un reflejo más de una moda: lanzar odio a todo aquel que no pueda confundirse con el propio reflejo.

No creo que la altura moral dependa del color del voto ni del saldo en cuenta. Seguro que hay ricos que han llegado a serlo rebajando más los principios que los precios, pero también los hay que se lo han ganado con trabajo, capacidad y valor.

Si hablamos de los que ya tuvieron pañales de marca, hay quien dirá que lo han tenido todo demasiado fácil, que no es posible conocer la realidad cuando todo se ha vivido en business, que el mundo es muy diferente si se mira a través de cristal de bohemia. Sí claro, habrá quien nada sepa del esfuerzo y considere mérito lo que es suerte en la lotería de cuna. Pero también hay quien consciente de que su fortuna es doble, haga lo necesario por sacar el mayor provecho de lo que se le ha regalado. Quizá sea ingenuo, pero mi impresión es que la bondad de las personas depende más de su fondo interior que del que tenga en el banco.

Es normal que los que más que tienen sean más conservadores, porque más temor pueden tener a perder. Eso no debe causar por sí solo un rechazo a cualquier ideología zurda. Pero la situación puede ponerse tensa, cuando se cree cierta la amenaza de “Podemos quitaros lo vuestro”. Y no ayuda a alcanzar un Estado más relajado el que se iguale, por capricho y sin ningún rigor histórico a un conservador con un fascista.

No me gustan las manifestaciones en los barrios más exclusivos. Por supuesto, no me gustan por no cumplir normas y recomendaciones de separación; no guardar la distancia en estos tiempos, aunque se use un perfume caro, es una estúpida irresponsabilidad. No me gusta por el uso de una bandera, que parece reclamarse como propiedad privada de un grupo, como si una nación fuera un club social. No me gustan, porque más que la queja legítima hacia un gobierno me parece que muestran el rechazo egoísta a cumplir con deberes que benefician a la comunidad. ¿Cuándo se reclama algo tan importante como la libertad se piensa en todos? Lo dudo.

Tampoco me gusta que estas manifestaciones de esos grupitos ruidosos se usen por otros, prensa y particulares, para atacar a toda una clase social o a otras formas de pensar. Después de esto está claro que nada detiene nuestra necesidad de crear bandos. Se crítica mucho a los políticos, ¿pero es mejor, más sosegada y dialogante, la política que hacemos los aficionados?

Son tiempos de mucho dolor, de grandes pérdidas, en el que nace la ira y no se sabe bien a quién o a qué dirigir porque está acompañada de confusión. Hay que tener mucho cuidado, porque no hay mascarilla que impida la propagación del odio.







  

lunes, 27 de abril de 2020

¿A qué grupo pertenecen?


Mirando con atención las imágenes que se han difundido de los comportamientos irresponsables de ayer, ¿alguien se atrevería a decir a qué partido político ha votado esa gente? ¿alguien es capaz de afirmar que todas son de una misma clase social? ¿hay alguna Comunidad Autónoma dónde todo haya sido perfecto? ¿Se atreve alguno a adivinar si esa gente es creyente o no? ¿Si practican algún deporte o a qué equipo animan?
¿Verdad qué no? Esta lucha no conoce fronteras, ni ideologías. Sólo hay dos grupos: los que están dispuestos a hacer lo mejor para nuestra especie y los que no. Entonces dejemos de hacer críticas a grupos que se diferencian en algo de nosotros. El que tengamos un parecido o una diferencia en algún aspecto con alguien no es lo que debe determinar la valoración de su conducta, de toda su conducta. La crítica debe ser individualizada, concretada no sólo en la persona, sino en un acto determinado. Porque quizá alguien se vea en esas fotos, tome conciencia, siente vergüenza, y no vuelva a actuar de manera imprudente.
La crítica puede ser contundente, muy severa, porque nos estamos jugando muchísimo, y los errores cuestan vidas. Pero evitamos cargarlas de odio. Supongo que todos, como yo, sentís muchas emociones negativas: rabia, frustración, miedo…Si se convierte todo eso en odio nada se gana. Y si no se puede contener la emoción, al menos que el blanco de la crítica sea lo más reducido posible.
Son tiempos difíciles, nuevos para todos. Sin ninguna mala intención se pueden realizar actos muy perjudiciales. Hay que criticarlos, hay que exigir responsabilidad. Pero no condenemos a una persona por un acto, y sobre todo, mucho menos extendamos la condena, impulsados por el odio y la necesidad de encontrar culpables, a todos aquellos con los que el responsable comparte algo, una sola característica.

domingo, 26 de abril de 2020

¿Obligación o libre albedrío?


Las leyes penales, la policía, las sanciones, las multas, las condenas…Todo esto nos demuestra que hay mucha gente que incluso castigándola hace lo que no debe. Mucho menos harían lo correcto si se les dejará total libertad. Poca gente admite ser mala, pero casi todos sucumbimos al egoísmo y a la estupidez. Incluso a veces ni obligándonos hacemos lo que es mejor para nosotros mismos. 
Hasta ahora durante el confinamiento, una gran mayoría hemos hecho lo debido porque se nos ha obligado. Hablar de héroes por quedarse en casa cuando salir está prohibido me parece absurdo. No hay mérito cuando no hay decisión libre.
Pero la prisión preventiva no puede mantenerse mucho tiempo. Hay que empezar a dar libertad condicional, y trasladar la responsabilidad a la sociedad.
Hay que asumir que va a haber incumplimientos y comportamientos estúpidos y dañinos. Porque así somos las personas. Muchos creerán que ahora son mejores, pero no es cierto. Solo madura el que es capaz de comprender y analizar, y hace el esfuerzo de asimilar e interiorizar la experiencia. Los demás olvidarán muy pronto. Creerán que pequeños incumplimientos no suponen ningún perjuicio, y tacita a tacita, cada vez se separarán un poco más de lo correcto. Incluso teniendo la mejor de las voluntades de inicio es fácil relajarse, fácil dejar de mantener todas las precauciones. Nada ayuda que el enemigo sea invisible y que las consecuencias puedan estar muy lejos del acto en tiempo y espacio. Alguien de Madrid puede ser culpable por una estupidez de que muera un anciano en Alicante, pero nunca tendrá que asumir su culpa.
Algunas de las normas nos parecerán absurdas, sobre todo cuando nos impidan hacer lo que nos apetece. Nuestros deseos siempre encuentran argumentos para justificarse. Pero es fundamental que se pongan límites, aunque la policía no pueda velar porque se cumplan. Porque es necesario que se recuerde que la situación no es normal, que sigue siendo de extrema gravedad, que no hay que permitirse ningún descuido. Las administraciones y la prensa deben repetir una y otra vez las tremendas consecuencias que puede tener hacer lo que no se debe. Y la sociedad también recordarlo a quien incumpla, advirtiendo, reprochando, incluso denunciando al incumplidor.
Pero a pesar de esos malos comportamientos, confío en la responsabilidad de la mayoría. Se exagerarán y se mostrarán con generosidad los incumplimientos. Pero hay que fijarse e imitar el civismo de muchos.
No confío mucho en la responsabilidad de los políticos, que rechazarán las disposiciones de las Administraciones que controlen sus rivales, y aplaudirán las que dicten las que gobierna su partido. Crearán confusión, inconsistencia, mal ejemplo. Todo lo contrario a la unidad, que es lo que ahora más necesitamos.
Aún así, no serán ellos ahora los más importantes. Cuando estamos obligados a la pasividad toda la responsabilidad es de quien tiene el gobierno. Cuando se da libertad, la mayor parte recae en la sociedad. Cada individuo en cada acto debe asumir su responsabilidad. 

jueves, 9 de abril de 2020

El tramposo y el desánimo



En la España A.C. (antes del puto virus) no era extraño oír presumir a un individuo de haber pagado a hacienda menos de lo que debería, ocultando, falseando. Da por hecho que aquellos a quienes habla le van a envidiar, porque ellos también querrían hacerlo, pero no saben o se atreven. Además él puede exponer poderosísimos argumentos como no pagarles casas a políticos. Por supuesto, ese individuo y aquellos como él son los que más sé quejan de lo mal que funcionan los servicios públicos, de que no se invierta más. Y cuando se les pilla en algunas de sus infracciones, o se les recrimina algún abuso, responden indignados, pues se creen con derecho a todo.

En hacienda pública a esos individuos se les denomina free riders, es decir los que aprovechan gratis, o pagando mucho menos de lo que deberían, lo que demás financian (sanidad, carreteras, educación, cultura…). Pero el aprovechado, el tramposo, el que saca partido de las reglas que otros cumplen en beneficio común, existe en todos los ámbitos de la vida.

Empresarios que se enriquecen incumpliendo normas laborales, gente que se cuela en el metro y nunca cedería su asiento, deportistas dopados, vecinos molestos que no pagan las cuotas, y para cualquier esposa o novia enfadada, también es aprovechado su pareja, por aportar a la relación mucho menos que ellas.

El free rider, el aprovechado, el tramposo, es un esclavo del egoísmo. Incapaces de traspasar las fronteras de su piel, de imaginar ser algo distinto de su reducido yo. Se acostumbran a entender la vida como un juego en el que tienen que conseguir pequeñas victorias sobre otros, para poder creerse más listos, mejores. Di que sí, campeón, que crack. Actúan con la seguridad de quien es incapaz de cuestionarse nada, o bien por la desértica simplicidad de su mente, o bien porque intuyen que si lo hicieran descubrían sus miserias, y son demasiado cobardes para ello.

Lo peor de los tramposos no es su falta de contribución, ni siquiera el perjuicio que causan en los otros. Lo peor, creo, es el desánimo y el desaliento que provocan en aquellos que si cumplen las normas, en aquellos que hacen un esfuerzo económico o de cualquier tipo y ven como otros consiguen lo mismo o más que ellos sin ese esfuerzo. Lo peor es sentir que la cigarra se come nuestras reservas para el invierno y además se ríe de nosotros.

En estos tiempos extraños, también aparecen los aprovechados. Los que abrimos la puerta lo mínimo imprescindible, y contenemos nuestros deseos de salir a bailar desnudos bajo la lluvia en una calle desierta, o bueno, de sacar a los niños al parque, vemos o nos dicen que hay quien sale cada día con sus bolsas y tras largo tiempo vuelve con ellas casi vacías, quien agota a su perro, o quien se toma el puente como si no pasara nada. No cumplen con lo debido, y pueden causar unas consecuencias que todos paguemos. Es normal que eso desanimé.

Yo procuro que eso me desanime lo menos posible. Primero pienso que son una minoría, que cuando me asoma a la ventana veo las calles desiertas o casi, que alguna prensa aprovecha una imagen o un rumor para vender un titular que exagera el incumplimiento. Segundo, quiero creer también que muchos de ellos serán descubiertos, sancionados y devueltos al punto de partida. Tercero, espero que la rabia que da ver estos comportamientos sirva para que la gran mayoría de la sociedad rechace y desprecie cualquier acto que perjudique a la comunidad; que por fin se reduzca la tolerancia de lo inaceptable. Y finalmente me recuerdo que mis acciones deben fundamentarse en mis convicciones, que “el otro lo hizo primero” es un argumento que me lleva a ser lo que no quiero ser, y convierte a los tramposos en los líderes del mundo.




domingo, 8 de marzo de 2020

Sola y borracha


Me preocuparía mucho si fueras a casa sola y borracha. Si una noche estás sola y borracha, coge un taxi o un cabify y que te deje en la puerta de casa. Claro que tienes derecho a ser libre, a actuar como cualquier otro, e incluso a equivocarte sin que el mismo error sea para ti más costoso. No lo digo por moralidad o puritanismo. Ya sé que eres capaz de cuidarte y no buscas protección. Y no quiero infundirte miedo, fíjate, con la que tenemos ahora encima…Pero me preocupo. Yo y los que nos preocupamos por ti sabemos que por las noches hay hombres-lobo que no se rigen por la luna. Y si una noche vuelves sola y borracha, andando por la calle, serás para ellos una caperucita confusa, que no sabe distinguir bien a una abuelita de un depredador.

Lo que te dice el gobierno…el gobierno, cualquier gobierno te dice lo que cree que sus votantes quieren escuchar. La verdad le es indiferente. Te dirán que las leyes y el castigo…Un hombre-lobo cuando se convierte en bestia no piensa que luego llegará el cazador. No piensa. Además, la justicia puede ser más justa, pero nunca será sanadora.

Lo que dice el gobierno, no vale de mucho. Como lo que dicen hoy algunos, con sus halagos genéricos que os igualan a todas. Como si tu fueras igual que Silvia, a la que no soportas, o de Olga, en la que no confías nada.

Sí, quizá, si la educación mejorase, si la sociedad evoluciona, algo mejoraría…quizá, no sé. Mucho ha evolucionado en lo que llevo de vida y me alegro. Pero aún ahora, sigue habiendo bestias, contenidas, cuando no les queda otro remedio, pero al acecho. Es difícil cambiar con la educación, es difícil porque aún los profesores lo hagan bien, los padres lo hagan bien, los chavales tienen al alcance otra educación completamente opuesta. Ellos pueden elegir una música, unos vídeos, unos mensajes que les muestran algo completamente distinto.

Ojalá tuviéramos un mundo en el que se respetará al otro. No hablo de sonrisas y amor, hablo de respeto y consideración. Pero tengo la impresión de que cada vez se tiende más al respeto sólo a lo muy similar, casi idéntico.

Ojalá la imaginación, la inteligencia, el talento, la bondad, la energía creadora y transformadora tuvieran siempre las puertas abiertas, vengan de donde vengan, sin importar detalles irrelevantes, como el sexo o el origen. Pero en muchas ocasiones, en las puertas hay alguien exigiendo la tarjeta de socio para entrar. Tarjetas de clubs cuyos socios o lo son por nacimiento, o por otras circunstancias que poco o nada tienen que ver con el mérito.

Ojalá un día el mundo sea mejor, ojalá compartamos un futuro en el que no tenga que preocuparme. Pero de momento, hazme ese favor, no vuelvas a casa sola y borracha.